hibernar


Por fin puedo salir a correr por el parque de mi barrio sin peligro de romperme la crisma por la nieve hecha hielo y reinando por caminos y veredas, mientras el césped queda reservado a legiones de niños con sus trineos o plásticos de los que padres y niñeras tiran sin descanso.

De pronto esta mañana no solo he podido correr sin resbalar, sino que me he dado cuenta de que la primavera se acerca. Los montoncitos de tierra por aquí y por allá, como cagadas de pájaros gigantes, me confirmaban que las temperaturas ya se han despedido del bajo cero este año y que los topos han salido  de su hibernación y se preparan para reiniciar sus actividades de supervivencia.

“Las especies que hibernan o se esconden sobreviven más tiempo, pero en un mundo cambiante corren el riesgo de volverse seriamente obsoletos“, explica Mikael Fortelius, de la Universidad de Helsinki. Aviso para alguno de mis queridos con-ciudadanos: hibernar tiene sus riesgos, aunque el placer de despertarse después de un par de meses calentito, sin arriesgar, pueda parecer atractivo. Supongo que para algunos siempre lo ha sido. Cuestión de genes.

Si yo fuese una de las 4.500 especies de mamíferos que hibernan, estoy seguro que del primer invierno no me despertaba. De todas maneras, los topos me caen simpáticos, y por estas tierras frías del norte son el signo de que llegan tiempos mejores.

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