haití, aún peor


Impotencia y olor a muerte en Port-au-Prince.

“Las imágenes no reflejan la realidad” –escribe la policía nacional que se salvó de la muerte saltando de un segundo piso en la sede la ONU en Haití en el momen to del terremoto. Esas palabras y la crónica de Port-au-Prince que venía a continuación me ha dejado sin respiración. “Las imágenes no reflejan la realidad de lo que está ocurriendo; es aún peor, mucho peor y triste.”

He conocido la miseria y del dolor de esta gente en otros momentos difíciles, por ejemplo en un barrio sin ley de la capital llamado cité-soleil, donde mandan los señores de la droga y de los secuestros. Pero lo que están sufriendo ahora los haitianos supera toda descripción como cuenta quien lo está viviendo con sus propios ojos, con sus cinco sentidos.

Pablo Ordaz también nos avisa, con razón: lo que nos llega es incompleto; falta el olor a muerte, ese olor que se queda pegado a la piel y a la ropa y te acompaña, vayas donde vayas, estés donde estés, una eternidad.

Cuatro de cada cinco haitianos eran pobres absolutos antes del terremoto en una sociedad de 9 millones prácticamente sin Estado y donde tanto EE.UU. como la comunidad internacional ha fracasado sistemáticamente. Allí, en Haití, en Port-au-Prince, perdimos a un compañero, Ricardo Ortega, reportero de Antena 3, cuando cubría una de las incontables revueltas contra la injusticia, azuzados por el hambre, la miseria, las enfermedades y los gangs locales de la droga y de la extorsión.

Cientos de miles, millones de persones dependen exclusivamente del mundo exterior. De la ayuda que enviemos y de los equipos que ya están allí esperando poder ayudar. Pero el bloqueo es total: ni el mini-aeropuerto, con una sola pista, sirve para la envergadura de la operación, ni hay transporte ni ha carreteras. La gente sigue tirada entre las ruinas y los que se quedaron debajo, aunque no murieran en los primeros momentos, han estado muriendo y siguen muriendo porque nadie puede sacarlos de donde están. Cuando vemos a los supervivientes rescatados se te parte el corazón.

Pocos sitios habrá en estos momentos tan vulnerables como Haití, que ya era uno de los países más pobres del mundo, el más pobre en América. Poco antes de la independencia, en 1804, ese tercio occidental de La Española, bajo poder colonial de Francia, fue uno de los mayores productores de azúcar de caña y dio a la metrópolis un cuarto de su riqueza gracias a los 700.000 esclavos traídos de África que suponían el 85 % de su población.

La independencia de 1804, inspirada en la revolución francesa y en los principios de los derechos humanos, hizo de Haití el primer país libre de mayoría negra. De poco iba a servir. Sus caciques (negros) esquilmaron las riquezas. Incluyendo sus bosques, porque los franceses se vengaron de haber perdido su rica colonia pagando por los árboles, que fueron cortado sin escrúpulos dejando el Haití que hoy conocemos con la ayuda de una población que utilizó la madera como combustible. El erial que resultó de la deforestación, frente a la verde República Dominicana al otro lado de las montañas, ha favorecido cambios climáticos que se han traducido (periódicamente) en más catástrofes naturales para los haitianos.

La Guardia Civil y la Policía Nacional de España están allí, desde hace cinco años, bajo el paraguas de NN.UU. Los infantes de Marina que España envió al contingente militar de la Minustah, en el norte del país, fueron retirados por el gobierno de Zapatero en 2006, un año después de llegar. Haití quedaba demasiado lejos de España y demasiado cerca del infierno. La población local lamentó la salida de los españoles del país, donde hicieron de médicos y de policías, de ingenieros y de maestros.

Haití tal vez no tiene remedio, pero no seríamos personas si no nos volcáramos con ellos. Con medios, con realismo y sentido común, no con declaraciones políticas estrambóticas que luego nadie cumple.

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