hace 20 años


kuss

"Entre la sombra del Muro y la movida joven", por José-María Siles en la revista Cambio 16, Madrid, agosto de 1989. 2/2

Erich Honecker, 77 años, está furioso. El líder máximo de la República Democrática Alemana no acaba de entender el regalo que el presidente Bush ha recibido en Budapest: un trozo de alambre espino del telón de acero que los húngaros empezaron a desmantelar la pasada primavera. Honecker, eternamente preocupado por el bienestar de su pueblo, acaba de profetizar este verano que “el Muro durará todavía cien años”.

– Oiga, ¿y ustedes los occidentales por qué tienen esa fijación con el Muro cada vez que vienen por Berlín?

Ya nos gustaría hablar de otras cosas, pero lo han hecho ustedes tan alto, tan largo y tan en medio de todo…155 kilómetros de Muro es mucho muro para olvidarse de él.

Volvía a encontrarme con la misma funcionaria, tres años después. María trabaja en un Ministerio de la otra Alemania y continúa, por inercia, en el Partido. Pero algo ha cambiado estos años en su visión del mundo que la rodea. “Nuestros dirigentes deliran, no se enteran de lo que está pasando. Piensan que de verdad nos hemos vuelto todos pequeño-burgueses y capitalistas”.

A María le hemos cambiado el nombre por su seguridad. A pesar de su fidelidad al régimen, María no cree que el día que tiren el Muro la RDA se quedará vacía. Yo tampoco. Lo que piden los alemanes del otro lado, cada vez con más insistencia, es la misma libertad que empiezan a tener en Polonia o en Hungría.

Berlín-Este, suburbano de la Friedrichstrasse. Un joven policía hojea una y otra vez mi pasaporte español, buscando dios sabe qué. A punto de creerme malo, el policía me da el visto bueno y me señala con gélida cortesía la ventanilla del cambio. Por cada día que paso en el Este tengo que comprar 25 marcos de la RDA por 25 DM, un cambio 7 veces superior al valor real en la calle.

Cuando visitan a familiares o amigos en Berlín-Este, los berlineses del Oeste sienten al final la misma angustia que Cenicienta cuando perdió su zapato. Igual que en el cuento, hay que salir de Berlín Oriental antes de la medianoche. Tengas lo que tengas entre manos, si no lo haces te quedas encerrado en el otro lado. Pero desde hace dos semanas, los visitantes gozan de tarifa reducida si son berlineses y viven en la parte libre. Por 25 DM pueden conseguir un pase de 48 horas. Un gesto de los camaradas del Este hacia la coalición de izquierdas roji-verde que gobierna en Berlín-Oeste.

En la capital de la Alemania Oriental, escaparate propagandístico para el régimen del primer Estado socialista en suelo alemán, como insiste su propaganda, el oropel se reduce a las cuatro paredes de los hoteles para extranjeros, paraíso de divisas, de dinero occidental, que los alemanes del Este sueñan poder visitar para degustar platos exóticos y comprar en artículos del Oeste en los Intershops del Estado.

En el bar de lujo del hotel donde me alojo se han instalado como cada tarde esta tarde, con sus vestidos de diario, las mismas jóvenes de anoche. Ejercen la prostitución, ilegal pero consentida. Lo primero que harán cuando salgan de las habitaciones de sus clientes será ir a informar a los agentes de la Stasi, la seguridad del Estado. Se dice que uno de cada cuatro alemanes del Este se ha convertido en un chivato.

A punto de cerrar la sala de fiestas del hotel, la joven madre soltera venida de Leipzig con lo puesto, sola ahora frente a un vodka, piensa en sus pequeños que duermen en el piso de la abuela. Marika lleva en el bolsa los marcos de su jornada de trabajo, que le permitirán vivir un par de meses sin agobios. Pero ha perdido el último tren a casa y está claro que ofrecerá esta noche gratis su cuerpo al último cliente del hotel. Por lo menos tendrá así cama gratis para pasar lo que queda de noche.

Fieles a la tradición prusiana, los soldados del regimiento Friedrich Engels han empezado el cambio de guardia al paso de la oca. En un jardín junto al Muro y el Canal, en las cercanías del antiguo Reichstag, en el Oeste, un grupo de turistas catalanes acaba de pararse extasiado ante una especie de cruz de los caídos “en memoria de las víctimas del fascismo”. Siete soldados norteamericanos, en uniforme, también quieren fotografiarse junto al Muro.

Es mediodía en los dos Berlines, en este mes de agosto (de 1989), y el sol empieza a aplastarte contra el asfalto.

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