que vienen los trabis


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Columna de Trabis atravesando la frontera occidental de Alemania el 11.11.1989. En los primeros días en libertad, cientos de miles de alemanes del Este visitaron la Alemania Federal en un momento de euforia colectiva.

¿Se acuerdan de aquella invasión? Venían por decenas, después por centenares… por miles cuando cayó el Muro. Eran los Trabis, el coche nacional del Este, llenos de alemanes del Este que se pasaban con los puesto al Oeste, estrenado libertad como niños con zapatos nuevos.

Aquel cuatro latas era en realidad un cuatro-cartones, porque el coche nacional de la otra Alemania estaba hecho de cartón-piedra, tardaban siglos en dártelo cuando lo comprabas y te costaba el salario de cinco años. El Trabant era un coche entrañable. Después del Muro en sí mismo, tal vez haya sido el Trabi quien haya acumulado más literatura en estos años en que hemos contado lo que pasó antes y después de la caída del Muro.

La producción de los Trabis, como cariñosamente los conocíamos, se paró en 1994, pero 15 años después aún los vemos circular por las calles y carreteras, especialmente en Berlín y en la antigua Alemania del este. Algunos se han convertido, por su parte en piezas de museo y otros, bastantes, mantienen solamente la carrocería con potentes motores tuneados de todos los estilos. El Trabi sigue siendo hoy, 20 años después de la caída del Muro de Berlín, un codiciado objeto de culto.

Aún hoy, 20 años después, el trabi sigue presente en Alemania del Este.

Aún hoy, 20 años después, el trabi sigue presente en Alemania del Este.

Los trabis andan, corren y se los quiere todavía . Como piezas de museo y de coleccionista, pero también para usarlos, sin muchos zarandeos. Para usos mútiples, incluso con inspiración sureña como en esta curiosa fotografía que nos hemos encontrado por azar en Internet.

La nostalgia de otros tiempos tira mucho y nostalgia no falta en el Este. Porque son muchos los que añoran el pasado, porque no han sabido adaptarse y porque ‘papá Estado’ se lo ponía muy fácil. Y el precio era la libertad, y no comer plátanos, salvo que gozaras de los privilegios de la Nomenklatura, o tuvieras familia en el Oeste que te mandara marcos fuertes para comprarlos en los Intershops.

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