20 años después



Berlin Wall Freedom

Así cayó el Muro de Berlín.

El premio Príncipe de Asturias de la Concordia (el Nobel de habla hispana) está dedicado este año de 2009 a la ciudad de Berlín y a los millones de ciudadanos que han contribuído al entendimiento, la convivencia, la justicia, la paz y la libertad en el mundo.

Estábamos al pie del Muro de Berlín esa mágica noche del 9 de noviembre de 1989, con TVE, y me siento (humildemente) parte del premio. Espero que ustedes también. Veinte años después, voy a contarles el día a día que nos llevó a la caída del Muro. Como si usted hubiera estado allí.

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diario de un muro

El jurado del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia ha querido destacar la importancia del XX aniversario de caída del Muro para recordar tanto a quienes lucharon por la libertad, cuando había dos Alemanias, como a los millones de ciudadanos que fueron capaces de construir una sociedad abierta, acogedora y creativa , sobre las cicatrices de la división. El jurado considera que Berlín ha sido “un nudo de concordia en el corazón de Alemania y de Europa, que contribuye al entendimiento, la convivencia, la justicia, la paz y la libertad en el mundo”.

Lo que voy a contar ahora no lo había contado nunca, entonces no teníamos un blog y era mi asgnatura pendiente. Recuerdo que había retrasado mis vacaciones precisamente porque no paramos ni un día aquel verano de 1989 haciendo reportajes y telediarios sobre los alemanes orientales que se refugiaban en las embajadas de la RFA, en los países del Este de Europa.

Habíamos estado reportajeando durante semanas en la frontera de Hungría, acompañando a quienes decidían arriesgarse a atravesar de noche la frontera entre Hungría y Austria.Las escenas que rodamos entonces recordaban los primeros años de la postguerra, con prados enteros de Austria y Baviera sembrados de campamentos, con tiendas de campaña de la Cruz Roja llenas a rebosar con familias del otro lado, a menudo incompletas: “Mi mujer no ha querido venir”, decía alguno; o era el marido quien había dejado a la esposa cruzar sola con los niños en brazos, incluso cruzando a nado el lago Neusiedler que hace de frontera con el Oeste.

Los soldados húngaros, ese verano de 1989, tenían la orden de no disparar, de hacer la vista gorda. Pero nosotros que estábamos allí, aquellas noches de julio y agosto, escuchábamos cómo los reclutas se divertían… tirando al aire desde las torretas de vigilancia cuando veían moverse sombras.

Nos habíamos metido en octubre y daba gloria bañarse solos en la playa almeriense de Aguadulce y hacer castillos en la arena, con mi hijo Gabriel, mientras mi buena amiga y compañera, Pilar Requena, que luego sería también corresponsal en Alemania, se desgañitaba desde Madrid para hacernos entender en el telediario que algo muy gordo se nos venía encima.

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