la casa europea


manosmuro

Berlín, 10 de noviembre de 1989, el día siguiente a la caída del Muro.

Darse la mano da fuerza. Hacer una cadena humana es un recurso del débil que se siente fuerte, o del fuerte que no quiere parecer débil. Yo he formado parte de muchas cadenas, de día y de noche: con velas y con antorchas. En Berlín he rodado decenas de manifestaciones en protesta por el muro, rodeando los 192 kilómetros de la doble barrera de cemento armado que convertía Berlín Occidental en una ‘isla en el mar rojo’.

En el Checkpoint-Charly, a unos pasos de aquí y abriendo los brazos para recibir a los que salían, vivíamos anoche la euforia. Hoy, 10 de noviembre, mucho frío y mucho sol en el Berlín reunificado. Es el momento de la emoción.

El grupo de occidentales que vemos encima del Muro, muestra su fuerza moral frente a los ‘vopos’ del otro lado, que todavía quieren mantener el orden: donde hay Muro, como aquí, bajo la Puerta de Brandemburgo, “no se puede pasar”. Lo manda la autoridad, que ya se sabe débil, pero que no lo puede reconocer. Es una de las imágenes que se nos han quedado en la retina y en el corazón de esos días en Berlín: los más hermosos de nuestra vida.

Aquella noche mágica del 9 de noviembre, jueves, la noticia jamás soñada era la que abría los telediarios. Había que estar allí, haciendose la foto o estrechando manos y dando abrazos, sintiendo la fuerza del que ha ganado. Pero lo que vino después no fue tan fácil.

Han pasado 20 años y el foso Este-Oeste no se termina de cerrar. Los europeos hemos conseguido que nuestros hermanos del otro lado, abandonados a su suerte en toda Europa Central después de la victoria contra el nazismo, vuelvan a vivir juntos con nosotros, en la misma casa. Eso es lo importante: lo demás, no deja de ser Historia.

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