la tercera oreja


Hablando de muros, si me lo permiten discrepo. Lo de ‘responsabilidad colectiva’ es una absoluta majadería. O por lo menos, una inmoralidad. No es fácil tirar la primera piedra, incluso para quienes no hemos tenido nada que ver ni con el franquismo ni con el comunismo ni con nada que suene a política, aparte de ir a votar. Tenía… ¿16 años? cuando visité por primera vez Alemania, con el muro dividiendo Berlín y dividiendo todo un país y todo un pueblo, con la falta de libertad presente en las vidas de los alemanes, con familias rotas a uno y otro lado. [blip.tv ?posts_id=1505946&dest=-1]

Entonces yo no sabía ná de ná. Ni siquiera idiomas. ¿Qué podía saber yo Almería?  Por ahí no se ha avanzado demasiado. Tenemos aún una gran asignatura pendiente en España: los idomas. Yo era un adolescente encandilado por las chicas guapas que me rodeaban en aquella escuela de Medios de Comunicación, en Remscheid (Renania del Norte-Westfalia)… y frustrado por las dificultades evidentes de comunicación, por el ‘quiero y no puedo’, que eso de que se liga con extranjeras sin saber idiomas: algo salió, pero vamos, que no.

Lo más humillante no era eso: lo peor es que, cuando se enteraban de que eras español, era inevitable: todo el esfuerzo de una soirée se iba al carajo cuando te soltaban aquel reproche, porque era un reproche, y ya ni de coña te comías una rosca: ¡Franco!, decían una y otra vez las extranjeras, como si todas se hubieran puesto de acuerdo y tú fueras un apestado. Lo confieso: en esa visita a Alemania odié a Franco con todas mis fuerzas, porque aquellas espléndidas alemanas se negaban a ligar alguien que pudiera aceptar la dictadura franquista, sin rechistar.

Fue en ese momento cuando comprendí lo que significa para los pueblos y para los ciudadanos vivir en dictadura. Aquel verano yo me volví de Alemania como un fracasado, sin conquistas que contar. Por culpa de Franco. Me preguntaba entonces, igual que me pregunto ahora: “¿Qué reprochaban aquellas adolescentes a otro adolescente?” Precisamente ellas, que eran alemanas y que tenían la dictdaura del proletariado del otro lado del Muro. tal vez era por eso que se sentían tan sensibles a la falta de libertad, pero a ellas en el Oeste no les afectaba lo que nos contaba luiego la película “La vida de los otros”.

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Cuando volví años después a Alemania, de corresponsal, yo también fuí sometido al tercer grado de las escuchas. Al caer el Muro, como hicieron tantos alemanes y extranjeros, recuperé las actas de la Stasi, donde se siguen día a día mis visitas a la otra Alemania. Pocos se escapan de que los puedan señalar con el dedo.

No sé cuantas veces he visto ‘La vida de los otros’: en alemán, en inglés, en español… solo, con mis hijos, solo otra vez. Siempre encuentro algo nuevo, y siempre me da escalofríos pensar en todos esos alemanes del Este que eran mis amigos y que seguro tuvieron que desembuchar antes de volver a casa, porque no había más tu tía que hacerlo, si querías sobrevivir.

Soy consciente de la fragilidad humana, de lo rápido que puedes pasar de ser héroe a convertirte en villano. De lo inevitable que puede resultar el suicidio para personas sensibles, frágiles, como Christa Maria Sieland, la triste protagonista de ‘La vida de los otros’.

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