vuelta a cioran


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Cioran en los ochenta en la puerta de su casa, con el Théâtre de l'Odéon al fondo.

Era hijo de un pope ortodoxo rumano y acabó haciéndose intelectualmente ateo. Sus entrevistas con la prensa fueron raras, de coleccionista. Recibía a muy poca gente: ‘pa qué,’ pensaba. Pero cuando te abría la puerta de su buhardilla, cerca del Odeon parisino, te sentías como si estuvieras en tu casa y lo conocieras de toda la vida.

Recuerdo una nochevieja en su buhardilla con él y Simone Boué, enamorados todavía como dos adolescentes. Esa madrugada, Cioran fue el más moderado de todos quienes le acompañamos en el paso del año.

A Cioran se le ha considerado un excéntrico: desesperado y pesimista.

Lo cierto es que era pura vitalidad, optimismo y ganas de vivir aunque se regodeara leyendo biografías de gente importante para ver ‘la capacidad de autodestrucción que tenemos los humanos. Estos días de cataclismo universal me habría dicho:

Qué aburrimiento, escuchar una y otra vez la catástrofe que se repite.

Me lo presentó en París, entusiasmada, una chica encantadora que nos tuvo encandilados a los dos: a Cioran y a mi. Lola era mi ‘compañera sentimental’, como decíamos. Los caminos de la entonces poetisa y el periodista se separaron cuando yo me fui a Madrid, en 1983, para acabar como corresponsal de TVE, primero en la ‘aldea federal’ y después por esos mundos de dios. Fue en ese momento cuando cometí el mayor error de toda mi carrera periodística, debilidad de la que siempre me he arrepentido: publicar en ‘El País Semanal’ una de los escasas entrevistas concedidas a la prensa por Cioran bajo el estúpido pseudónimo de J.L. Almira. Tal vez pretendía así hacer ‘borrón y cuenta nueva’ en mi vida personal.

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Emil M. Cioran en su buhardilla de la rue de l'Odéon, en Paris.

Cioran diseñó algunas de las frases más demoledoras que se hayan escrito jamás contra la humanidad; porque lo suyo era puro diseño filosófico: ética y estética. Pero Emil era en realidad un viejete encantador, rebosante de vitalidad, alegría y ganas de vivir al que se le iluminaban sus pícaros ojillos cuando le hablabas de España, que había recorrido con su bicicleta después de la II Guerra Mundial.

A Cioran lo preocupaba increíblemente el día a día, el aburrimiento de la cotidianeidad. Cartesiano en sus aforismos, de los españoles admiraba nuestra capacidad para lo imposible y ese ‘viva la virgen’ que, según él, llevamos dentro.

Viniendo esta mañana a la oficina en bicicleta pensaba en él…

Hoy habría sido un alivio tomarse el primer café con mi amigo Cioran.

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