niños soldado en el congo


Acabo de descubrir la denuncia de Amnistía Internacional y me entran escalofríos: por cada dos niños soldado liberados en la República Democrática del Congo, cinco nuevos son reclutados. Hace un par de años pasé un día con ellos en Bukavo, la capital de Kivu-Sur. Estaban en un centro de rehabilitación de Unicef y recuerdo cómo jugaban con el trípode del cámara de TVE, como si fuera una ametralladora.

Me hubiera gustado quedarme allí con ellos, enseñándoles canciones como cuando yo era maestro en España… para que dejaran de entonar su himno preferido mientras aprendían a leer, añorando sus hazañas: “Mamá, nos vamos a la guerra, nos merecemos un aplauso“.

Aquel reportaje de Televisión Española, mi último trabajo para Informe Semanal, empezaba en un parque de Kinshasa, con unos músicos minusválidos animando a sus paisanos a votar en las primeras elecciones libres de su país, medio siglo después de la independencia. Lo que la voz en off de “Tambores de paz en el Congono cuenta es que el Congo era, y sigue siendo, el primer productor mundial de sillas de ruedas; y que esos músicos con una sola mano o una sola pierna son los supervivientes de 10 años de guerras: la guerra mundial africana.

Son recuerdos tristes de un viaje triste, de los dos que hice al Congo como reportero, sabiendo que no puedes hacer nada ante tanta miseria e injusticia. Lleno de indignación porque estás viendo quién está detrás de tanta muerte: las voraces multinacionales que no tienen reparos en el expolio de las riquezas naturales de un país y de un continente por una bolsa con diamantes. Diamantes de sangre.

La desgracia de haber nacido en el Congo es insoportable. Naciones Unidas tiene desplegado en aquel territorio, que los belgas empezaron a expoliar hace dos siglos, la mayor fuerza de paz de su historia: casi 20.000 soldados que no han sabido evitar el reclutamiento de decenas de miles de niños soldados ni tienen el coraje de proteger a las mujeres congoleñas para que no sean violadas y torturadas.

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