(des) memoria histórica


franco_timeNací bajo el franquismo y en la escuela no me enseñaron lo que era la democracia: para un adolescente, vivir en una dictadura significaba entonces salir al extranjero y que te miraran como un apestado las chicas que más me gustaban, porque eras español, ergo… ¡franquista!

Así me enteré siendo un chaval (pero en el extranjero) que ser comunista, o socialista, no significaba tener rabo y cuernos, perilla y capa de satén rojo. Luego, ya estudiante de periodismo, se nos murió el dictador en la cama, y haciendo yo prácticas en el ‘Diario de Barcelona’ con Margarita Rivière en el suplemento dominical, otro loco y yo (el otro loco era José-María Brunet, hoy corresponsal de ‘La Vanguardia’ en el Congreso) nos fuímos a París con mi Seat 127 un fin de semana a entrevistar al líder del PCE, Santiago Carrillo: Satanás en personas para los franquistas. Eso ocurría antes de que Carrillo volviera clandestinamente a España disfrazado con peluca.

“7 horas (de domingo) con un comunista” marcaron mis comienzos de periodista en aquella democracia que aún  no era democracia, sino más bien post-franquismo.

Ese fue el régimen político bajo el que nos criamos los de mi quinta sin rechistar, salvo cuatro héroes entre nuestros mayores que  caro lo pagaron por llamar al pan pan y al vino vino: ellos sí que tenían mérito, porque pusieron su integridad física en peligro por una causa justa: la causa de la libertad y la democracia..

Viene ésto a cuento de la ley de memoria histórica en España. Hablar allá por 1976, recién muerto el dictador, de los que sufriendo en sus carnes la represión y de los que habían sido fusilados al amanecer durante la guerra fue algo que nos propusimos los reporteros intrépidos de la  revista ‘Interview’, que detrás de las portadas con tetas escondía el mejor periodismo de aquellos años. Entre esos jóvenes reporteros estaba yo, aprendiendo un oficio que me fascinaba tanto entonces como ahora.

Eran los tiempos de la Transición a la democracia en España, pero luego nos dió miedo. O les dió miedo a los políticos, y dejamos todos de ser tan libres y tan valientes. No olvidemos que el ‘23-f’’ nos asustó de verdad, y que la llegada de los socialistas al poder, en 1982, no fue un camino de rosas. Pero fueron los socialistas, con Felipe González, los que impusieron el silencio histórico por el bien de la convivencia pacífica.

A partir de 1982, siete años después de la muerte del general Franco, el gobierno socialista decidió que hablar de las víctimas del franquismo no era políticamente correcto, que mejor lo dejábamos para mejor ocasión. ¿Ha llegado la hora? Los sociaslistas dicen que sí, y vuelven a marcarnos la agenda de nuestras consciencias.

No me gusta que me digan cuando puedo utilizar las lecciones de la Historia y cuando tengo que olvidarme de lo que pasó.. Y me preocupa la crispación que ha provado el debate durante meses, una crispación que ahora es incluso mayor que entonces: las aguas de la Transición bajaban turbias por otros motivos. Claro que las víctimas tienen derecho a recuperar su dignidad y salir del olvido; y las familias tienen derecho a saber. Pero no creo que la alternativa sea comenzar a remover los huesos de nuestros muertos para demostrar (por motivos políticos) lo que todos ya sabemos.

¿Me puede alguien decir por qué andamos removiendo los huesos de García Lorca? Su educada y paciente familia no entiende este repentino interés por el poeta del romancero gitano y preferiría (lo han dicho) que a su querido Federico lo descanse literalmente en paz, donde está. Que para ellos ya está bien allí, en aquel barranco de Víznar donde lo mató la Guardia Civil.

En fin, que entiendo a todos, menos a los que prenden sacar tajada, sea en nombre de la causa o de lo que sea. Sin respeto, en el fondo, por la dignidad de los muertos.

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