magritte y perejil


funsMagritte tendría hoy más éxito del que tuvo cuando se dedicaba a pintar cosas extrañas, tan extrañas que para sobrevivir todo que hacer (como tantos otros) obra menor para carteles comerciales. Bruselas tiene por fin su Museo Magritte, el ‘raro’, el solitario, el enamorado de lo insólito, el que fue capaz de pasar hasta sus más ocultos pensamientos a un lienzo.

perejilMagritte fue un poeta de las imágenes que veía la noche en el día y el imperio de la luz en la noche cerrada. Todo el universo humano (universal) circula por su obra, dejándonos la puerta abierta a la imaginación, al desasosiego y a veces incluso al escalofrío.

Debo estar haciéndome mayor porque cuando empiezo a escribir se me vienen a la cabeza batallitas que no me resisto a contar. Monsieur René Magritte estuvo a punto de costarme la corresponsalía de Bruselas antes de tiempo. ¿Se acuerdan de Perejil, la isla de aquella cabra marroquí que era pasada en barca cada día para comer hierba en territorio español? Pues también se acordarán de cómo acabó todo aquello, con el ejército español desembarcando en la isla, sacando músculo… para desalojar a la cabra y al pobre sargento de marina de Marruecos a quien algún espabilao mandó a que marcara presencia en tierra española.

magritte-doveEse día llevaba yo puesta una corbata que me habían regalado mis hijos las últimas navidades. La corbata, azul, llevaba la paloma volando de Magritte y al corresponsal no se le ocurrió nada mejor que decir lo siguiente, a cámara, en la crónica del telediario de las 3: “Europa acepta las explicaciones de España, hemos intervenido en Perejil para salvaguardar la paz”.

Paz, militares, azul cielo, paloma volando: mensaje explosivo para Madrid, para Torrespaña. En las alturas alguien pidió mi cabeza: yo hubiera sido la única víctima de Perejil.

Magritte tendría hoy más éxito del que tuvo cuando se dedicaba a pintar cosas extrañas, tan extrañas que para sobrevivir todo que hacer (como tantos otros) obra menor para carteles comerciales. Bruselas tiene por fin su Museo Magritte, el ‘raro’, el solitario, el enamorado de lo insólito, el que fue capaz de pasar hasta sus más ocultos pensamientos a un lienzo.

Magritte fue un poeta de las imágenes que veía la noche en el día y el imperio de la luz en la noche cerrada. Todo el universo humano (universal) circula por su obra, dejándonos la puerta abierta a la imaginación, al desasosiego y a veces incluso al escalofrío.

Debo estar haciéndome mayor porque cuando empiezo a escribir se me vienen a la cabeza batallitas que no me resisto a contar. Monsieur René Magritte estuvo a punto de costarme la corresponsalía de Bruselas antes de tiempo. ¿Se acuerdan de Perejil, la isla de aquella cabra marroquí que era pasada en barca cada día para comer hierba en territorio español? Pues también se acordarán de cómo acabó todo aquello, con el ejército español desembarcando en la isla, sacando músculo… para desalojar a la cabra y al pobre sargento de marina a quien algún espabilao mandó a que marcara presencia.

Ese día llevaba yo corbata, una corbata que me habían regalado mis hijos las últimas navidades. La corbata, azul, llevaba la paloma volando de Magritte y al corresponsal no se le ocurrió nada mejor que decir lo siguiente, a cámara, en la crónica del telediario de las 3: “Europa acepta las explicaciones de España, hemos intervenido en Perejil para salvaguardar la paz”.

Paz, militares, azul cielo, paloma volando: mensaje explosivo para Madrid, para Torrespaña. En las alturas alguien pidió mi cabeza: yo hubiera sido la única víctima de Perejil.

No el guardo ningún rencor a Magritte por aquel dislate (el mío y el del ejército español), pero los iconos, los símbolos, las banderas, las palomas… te hacen pisar a veces ‘terre inconue”. Hay que estar atento, y saber cambiarse siempre a tiempo de corbata

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